"Eres rara"
Desde mi niñez, el adjetivo me persigue como un fantasma
Tus ojillos inquietos te delatan: eras de las que se pasaban la clase mirando por la ventana. De esas que buscaban caracoles entre las flores; de las que llegaban a casa con la mochila llena de piedras, los zapatos embarrados y dos nuevos libros de la biblioteca. Tenías una colorida colección de pegatinas de la fruta, la sonrisa radiante (aunque desdentada) y unos pendientes con forma de flor.
Tenías la cabeza en las nubes y el rostro lleno de estrellas.
Aún recuerdo la primera vez que me lo dijeron. Yo estaría en segundo o tercero de primaria por aquel entonces —ni siquiera llevaba las gafas o los brackets que me eventualmente me delatarían. Estaría leyendo, hablando demasiado o dando volteretas, qué sé yo, y la frase brotó de la boca de aquella niña y cayó sobre mí como un jarro de agua fría: Eres un poco rarita, ¿no?
Desde entonces, el adjetivo me ha acompañado como una constante. Al principio, atormentándome: “rara” era una sentencia que me hacía foránea a mis compañeras, que marcaba una distancia irreconciliable entre sus risas y las mías. En aquel patio del colegio, con mis letras y comillas encerradas en un puño, a veces me invadía un cierto extrañamiento y añoraba lugares que aún no había pisado. Me creía lejana: como si mi hogar me aguardase en un lugar remoto, en otra galaxia, en un claro cielo mucho más allá del recreo.
Yo no soy de este mundo, yo habito con frenesí la luna.
(Alejandra Pizarnik)
…pero después la pubertad llegó, claro. La adolescencia surtió en mi un efecto al que denomino patito feo: me quitaron el aparato, me puse lentillas, aprendí a maquillarme y ¡bam! Desplegué mis alas y me transformé en cisne. De repente ya no era rara, sino “única y especial”; no era una friki, sino “distinta a las demás”. Si leía en el recreo en la ESO me llamaban rata de biblioteca; si hoy en el metro leo, me confiere un aura de misteriosa e intelectual. Aprendí lo que toda niña que experimentó un glow up sabe: que la moral atiende a valores estéticos. El paso de lo anómalo a lo exótico está condicionado por el atractivo del sujeto.
(Este último dato, que guardo por máxima, me aterra especialmente. En ocasiones me dan ganas de quitarme la máscara y gritar: que no te engañen las uñas y el tinte rubio; por dentro sigo siendo la misma cría que se emocionaba y tartamudeaba al hablar).
Creo que cuando creces hallas cierta ternura en tus aristas y valía en tus peculiaridades. Reparas en que todo lo que te hace distinta te hace única a la par, y empiezas, pues, a llevar aquella “condena” como la más preciada seña de identidad. Aquel es nuestro primer acto revolucionario: ser tan tú que deslumbras.
Tomar conciencia de tus rarezas es un accidente liberador; enorgullecerte de ellas es un acto subversivo. Mirarte al espejo y pronunciar “me gusta mi nariz, mi estilo y mi estridente voz que no calla” tiene una importancia vital en una época donde nos quieren idénticas, tácitas e invisibles. Ser nosotras mismas es sinónimo de desobediencia.
Por eso, hoy quiero hacer un brindis por todas nosotras: reclamar nuestras singularidades, celebrarlas como trofeos, animarnos a ser aún más estridentes. Veréis, yo, en plena crisis de los 10, me volqué en leer y en escribir porque, como dice Pizarnik, necesitaba un lugar donde fuera lo que no es. La literatura me permitió hacer gala de mis rarezas, que se tornaron en destrezas: sobre el papel, mi sensibilidad especial y mi mirada inquieta me hacían artesana de lo indecible. En las páginas de un libro me encontraba a mí misma de mil formas distintas: los universos que me refugiaron en mi niñez y adolescencia estaban habitados por niñas alegres, enfadadas, tristes y rebeldes. Todas ellas eran mis confidentes. Todas me enseñaron que no era tan malo ser “diferente”.
—Sé lo que se siente al ser… “diferente”
—Yo no soy diferente. ¿Lo soy?
—Todos lo somos. Pero hay algo fantástico en eso, ¿no crees?
(Fantastic Mr. Fox)
Amigas mías, coged palomitas y abrazad a las orugas que criabais en una caja de zapatos. Os presento: mis niñas raras favoritas de la literatura:
1. Adriana: Paraíso inhabitado, Ana María Matute
Adriana nació cuando sus padres ya no se querían. En una España de los años 30 donde las niñas son señoritas y ser mala significa no ser como los demás, Adriana buscará un refugio a lomos de su unicornio imaginario, huyendo a un paraíso donde los Gigantes no la pueden alcanzar. La prosa de Matute es de una belleza que atraviesa y regala al lector los ojos luminosos de una niña que se ve forzada a crecer. Irene Vallejo recomienda esta novela por “los secretos presentidos”; yo la recomiendo fervientemente porque nos recuerda que, en palabras de la autora, tal vez la infancia sea más larga que la vida.
2. Amélie: Metafísica de los tubos, Amélie Nothomb
Mi amiga Alba me puso esta novela en las manos y soltó: “es sobre un bebé que se cree Dios. No te voy a contar más: sólo léetela”. Y joder, menos mal que la escuché.
Esta autobiografía neurótica y divertidísima explora los primeros años de vida de una bebé que, disconforme con las condiciones de su existencia, adopta la forma de un tubo y se autoproclama Dios, optando por ser un vegetal hasta el día que descubre el sentido de la existencia en una barrita de chocolate. De verdad, si os gusta leer estilos de escritura peculiares y sois gente rara de verdad, hacedme caso: id a por él ya.
3. Macabéa: La hora de la estrella, Clarice Lispector
Abran paso a la reina de las raritas: La prosa de Lispector (ferviente discípula de la escritura automática de Woolf) comporta un mosaico de digresiones, imágenes surrealistas y reflexiones filosóficas que enhebran un discurso singular. Macabea es una mecanógrafa poco agraciada, pobre que, para colmo, tiene un novio que parece una rata. Le gusta la Coca-Cola, ir al cine y escuchar la radio; en el fondo de su corazón, desea ser como Marilyn Monroe. El relato de su vida nos lo presenta un tal Rodrigo S.M, quien alega que, “mientras tenga preguntas y no tenga respuestas, seguiré escribiendo”. En la última obra de la autora, Lispector nos ofrece un relato tan absurdo como brillante, que deslumbra un último haz de luz sobre la insólita protagonista nordestina. Junto con Cerca del Corazón Salvaje, es una lectura imprescindible para todo aquel que pretenda descubrir a esta autora.
4. Andrea: Nada, Carmen Laforet
En mi mente, Andrea y yo somos mejores amigas, así que me vais a permitir que hable de ella con cierta familiaridad: la novela comienza cuando se muda a Barcelona, a la casa de sus tíos, con el fin de cursar Filosofía y Letras en la facultad. A lo largo del relato, Andrea nos conduce con su dulce voz por las cuatro paredes de un hogar disfuncional, las calles de una España destrozada por la guerra y un ambiente universitario que resulta no tener el lustre que imaginó. Mi novela favorita y el que fue mi pilar cuando entré a la universidad goza del primer Premio Nadal que se celebró, y no es para menos: la voz intimista de Laforet, el cariño e intuición de desengaño que impregnan sus páginas y la nostalgia de haber perdido algo que no sabes pronunciar hacen de este libro el regalo perfecto para aquellas que nunca han sabido lo que quieren y que siempre están queriendo algo.
5. Coraline: Coraline, Neil Gaiman
La última tenía que ser ella, ella, que fue la primera. Me encontré a Coraline en un puesto de libros de libros de mi colegio, tras haber visto la película homónima unas mil quinientas veces. Seguro que vosotras también la visteis en su momento y que el recuerdo de los botones en los ojos de La Otra Madre os inquieta, pero para mí fue algo más que mi primer trauma cinematográfico: la niña testaruda del chubasquero amarillo fue quien me acompañó en mis primeras noches a la luz de la linterna, bajo las sábanas, procurando no hacer ruido para que mi madre no se enterara. Su aventura fue la mía, de ella aprendí a ser valiente; ni ella ni a su gato podría olvidarles jamás.
Hay niñas cuyo alma tiene forma de mariposa oriental; que, aunque se intentase, no se podrían acallar.
A ti, que de pequeña estudiabas entre clases y hoy lees esto en el metro: no te atenúes, no te rebajes. Irradia tus colores, sé irreverente, estridente y colosal. Brilla con la fuerza de mis soles y recuerda que cada vez que te permites ser extraña, un hada recupera sus alas.
Una mujer volverá buscando a la niña que fue.
(Louise Glück)






Yo soy de esas raras que no se acuerdan cuando lo empezaron a ser. Muy bonito texto. Nunca sobran recomendaciones de libros. Muchas gracias :)
Esta también soy yo, por aquí otra “rara” desde pequeñita, intentando pasar desapercibida mientras la identidad luchaba por sobrevivir dentro de mí 💜🌈